Caminando al rededor de mi cultura

En un mes de diciembre, en uno de los cuatro años del periodo presidencial de César Gaviria nació Andrés Muñoz. Hijo de Abraham Muñoz y Rosa Arcos. Vivió sus primeros años de vida en Siloé, un lugar muy cerca al cielo, en donde las casitas se amontonan en busca de calor y la oscuridad es cómplice de los oprobios que suceden en sus calles. La sangre tiñe de rojo algunas de las gradas chuecas que se reparten a lo largo de la loma. Son tiempos difíciles —siempre lo son en Colombia—, traer un hijo al mundo es una proeza que pocos pueden hacer, y más en una ciudad tan grande y caótica como Cali. Al parecer, nació con el fin de cambiarles el significado de diciembre a sus padres. Ya no es momento de fiestas y goces, las únicas canciones que se escuchan son los llantos del niño que despierta cada cierto tiempo, ya sea por hambre, por frío, o por no tener motivo para llorar. Abraham, lleno de sueño y cansancio, buscaba la forma para suplir las necesidades inmediatas con su trabajo de zapatero mientras que Rosa cuidaba de su niño como una porcelana a la cual se le debe tratar con sumo cuidado, aun sin saber cómo hacerlo.

María Nubia es la abuela materna de Andrés. Se las ha sabido arreglar a través del tiempo. Hermógenes —el abuelo— murió por un cáncer de estómago dejándola con una pensión de obrero y siete hijos; uno de ellos, afortunadamente, es mayor de edad. Entre sus cinco hijos varones se han turnado el rol de padre para suplir el vacío que dejó Hermógenes. El primero en asumir la responsabilidad fue Alfonso, el mayor de los hermanos qué, con el sueldo de soldado y unos ahorros producto de sus trabajos fuera del batallón, logró comprar un lote en la comuna catorce. Manuel, el tercero, aprendió mampostería y construyó los cimientos y parte de la casa en la que vivirán todos, incluyendo a Andrés. María Nubia vendió la casa que tenía en Siloé para pagar los materiales de construcción. Todos han aportado en gran medida en la familia por el bien común; caso contrario al que le ocurrió a algunos vecinos del barrio Lleras Camargo, quienes entre hermanos despedazaron lo poco que sus padres habían conseguido con el fin de reclamar su parte de la herencia. José Antonio Marina nos dice en su libro “Las culturas Fracasadas” que “la familia no tiene un objetivo propio, autónomo, más allá de la realización y felicidad de todos sus miembros. No es una entidad mítica, sino un sistema de relaciones que se concreta en un proyecto familiar, en una creación objetiva” y es por esto que considero, esta familia será una de las bases culturales más fuertes en Andrés.

Cuando aquel niño cumplió dos años, se fue a vivir junto con sus padres a la casa de María Nubia. No había calles pavimentadas y eran pocas las viviendas en aquel lugar. Todo se asemejaba a un gran desierto. Pero las cosas fueron cambiando con el tiempo. A medida que pasaban los años aquel niño crecía y con él, el barrio Marroquín. Como se espera de Cali, es tierra caliente, ciudad fiestera que florece de alegría y sabor. En Diciembre, la fiebre por el baile se apoderaba de cada rincón, sin importar que tan difícil es llegar hasta este olvidado sector. Puntualmente aparece El Grupo Niche, Guayacan, La Misma Gente, entre muchas más orquestas. Cada rincón se llena de música, de natilla y buñuelos, de un festejo que probablemente sea doloroso en el enero siguiente, pero que en ese instante no importan las repercusiones a futuro, lo que importa es festejar.

Pero Andrés poco sabe de algarabías al son de orquestas de Salsa; pues, de niño, se sentía incómodo por las fiestas en diciembre y la música a todo volumen. Prefería encerrarse en el cuarto a ver televisión mientras la pachanga acababa llevándose a los invitados desconocidos y a los que no tenían invitación. No me explico cómo ese niño rechazaba toda esta tradición habiendo nacido en el mes más parrandero, con padres, tíos, abuelos, primos que pulían el piso de tanto bailar. Supongo que a eso de los ocho a diez años lo más importante era jugar con muñecos, dibujar, o ver caricaturas. Lo que sí heredo fue la infancia de su familia: juegos como el balero, el cual su tío Manuel siempre podía llegar más lejos; escondite, adivinanzas, cuentos orales que Abraham, el padre le contaba a él y a su hermano. También heredó el gusto por las empanadas, el sancocho y el café que la abuela preparaba en un colador de tela para las tardes. Creció en medio de vecinos que en ese entonces ya estaban viejos y le contaban mil historias. Casi no tuvo amigos por la inseguridad del barrio. Pasaba mucho tiempo en frente a la televisión para no aburrirse adentro, porque afuera cualquier cosa podría pasarle.

Dejó de pensar que el mundo eran las veinte cuadras que rodeaban su casa cuando Salió del Distrito a conocer algo más de Cali. Se dio cuenta de lo que tenía. El paisaje de farol al descubierto, los alambres calibre diez o a su vez cable coaxial en el que se colgaba la ropa y los cadáveres de las cometas enredadas en los postes de luz hacían parte de la belleza de su barrio. No era nada raro caminar por la acera, y sin darse cuenta, terminar andando por una calle polvorienta llena de escombros. Ninguna casa es igual a otra, todas tienen ese toque particular que adorna la cuadra. Desde un techo con tejas de zinc, de barro y retazos de eternit, hasta una fachada descolorida por el agua y el sol o recubierta por el cálido gris en degradado del repello.

Cada vez que caminaba por barrios como San Antonio o Granada, se sentía un total extraño, era fácil perderse entre las casas similares, las calles de asfalto uniformes y libres de polvo. Se siente raro el silencio que asfixia aquellos sectores de Cali, sin la risa de los niños, la música de los vecinos o el constante transcurrir de la gente. A los catorce años, Andrés fue influido por el rock y cansado de esa inexactitud cultural terminó pasando algunas tardes en la Loma de la Cruz y la Colina de San Antonio. Había muchos idiotas presentes en aquellos lugares jactándose de haber encontrado una verdadera identidad. Lo incluyo. Para ese entonces también creyó haberse encontrado en la música absurda y estridente, en la cerveza barata y las discusiones irracionales en contra del sistema. Pero no se detuvo mucho tiempo en aquel estado, rápidamente sospechó de esa falsa seguridad, la vida tenía que ser más de lo que las tribus urbanas podían ofrecerle.

Estudió en un colegio privado ubicado en medio de dos fronteras invisibles, “los de hueco y los del piru”. Allí se encontró con la jerga de la calle, aprendió a observar con cuidado a las personas y no dar papaya. El robo era algo tan común que en un tiempo salía del colegio en grupos grandes para evitar ser asaltado. La crudeza hizo protagonismo en las historias que le contaban sus compañeros inmersos en aquel mundo de pandillas, droga y robos. Aunque se mantuvo lejos de aquella problemática, se dio cuenta de cómo funcionaban las cosas fuera del hogar y del colegio. Era normal ver uno o dos compañeros metiendo perica en el salón de clases, ver cómo se perdían de la nada celulares cada tres o cuatro meses, y que en cierto tiempo se formasen balaceras al momento de salir del plantel. Nunca presenció la muerte de ninguno de sus amigos o compañeros, pero si se enteró cómo le descargaron el proveedor a Juan Carlos, dejándolo permanentemente en silla de ruedas. Días antes de graduarse, a Cáceres —otro de sus compañeros— lo condenaron por haber violado a una joven bajo efectos de algún alucinógeno.



Pienso qué cultura es eso. El cómo se machaca los plátanos para luego freírlos, las palabras que más se repiten en pláticas a lo largo de nuestra vida y pedir rebaja por cualquier cosa sin importar lo barato que sea el producto. Es eso que está allí, escondido a nuestra vista, aquello que resalta ante los otros pero que no podemos divisar fácilmente por más que palpite en el aire. Tal vez no nos es tan evidente porque vivimos inmersos en eso, lo respiramos, lo hablamos, lo somos. Sabemos que lo es porque los otros nos lo resaltan, porque al detenernos a pensar y mirarnos concordamos en algunas cosas y afirmamos: Sí, así es nuestra cultura.

Puede que nunca me haya interesado por todas las tradiciones de Cali. Gran parte de mi vida me he sentido un extranjero, escuchando bandas de Grunge y Thrash o alternando con grupos de rock europeos. Pero un diciembre sin Salsa en las calles, sin la algarabía del veinticuatro o el treintaiuno no es diciembre para mí. Tal vez porque sé que eso alegra a mi familia y me gusta verlos celebrar. Me he construido tomando lo que considero más importante, la unión, el respeto y la búsqueda del bienestar de todos. Aprendí a poner en un segundo o tercer plano mis diferencias culturales; prueba de ello es el poder pasar meses sin escuchar a los grupos que me gustan, es más importante escuchar la paz en mi hogar. Como dice Marina: “La influencia de la cultura se da, pues, no solo en el terreno de los contenidos, sino también de los procedimientos formales. La atención, la regulación emocional, la capacidad de razonamiento descontextualizado, cada vez más abstracto, o el comportamiento voluntario, son capacidades personales que el niño aprende de la sociedad.”

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