La sencillez de la felicidad
“los animales son felices siempre que tienen salud y comida suficientes. Parece que a los seres humanos les debiera ocurrir lo propio; pero en el mundo moderno no es así, por lo menos en la mayor parte de los casos”
Russell Bertrand
Recuerdo en los días de mi niñez a cada uno de los animales que nos acompañaron —a mi familia y a mí— con un gran cariño y nostalgia. En ese entonces era poco lo que podía preguntarme sobre ellos y sólo me limitaba a disfrutar de su presencia; ahora, lo primero en que pienso es en sus capacidades para vivir sin cargas, en sus movimientos inocentes, sus acciones espontaneas y su pureza ante el entorno.
El ser humano es todo lo contrario. El hombre lleva en su espalda la carga de su propia existencia, la mistificación generada por los espejismos del ayer y el mañana. La felicidad es algo tan sencillo que le es casi imposible obtener a un ser tan complejo como lo es el hombre. Él no puede hallarla tan fácil, y de hacerlo, en la mayoría de los casos, termina por perderla al poco tiempo.
El capitalismo en el que se sumerge nuestra sociedad nos despoja, cada vez más, y de formas rápidas, de la sencillez de la vida. Basta con mirar el rostro cansado de cada una de las personas que nos rodea para ver las secuelas que han dejado el ritmo de la vida diaria. Un trajín que podría atenuarse un poco si redefiniéramos la palabra “necesario”.
En la actualidad, un nombre nace para estudiar, trabajar, procrear, producir y mantener lo que ha logrado a lo largo de su vida. El placer y la libertad se han ligado a la capacidad monetaria que se tenga al alcance; el no tener una economía fuerte es sinónimo de vulnerabilidad, esto repercute en la ilusión del futuro creando cargas pesadas que asfixian. En un acto que empieza instalándose desde el nacimiento, por medio de la sociedad, hasta ejecutarse cíclicamente.
Al crecer pude observar miles de cosas que se iban adhiriendo conforme mi entorno lo exigía, se puso en la balanza la obligación y el deseo como dos caminos que debían transitarse simultáneamente con total equilibrio. En algunos momentos, quise volverme pájaro y no pensar en el estudio, trabajo, familia, sociedad, el consumo, etc. Poder llevar una vida tranquila, disfrutando de la naturaleza del existir.
Estanislao Zuleta plantea que, uno de los problemas de la dificultad es el desear de forma equivoca, llevándonos a la frustración por no alcanzar nuestro anhelos, “la felicidad”. Problema que nace del agobio desproporcionado, de la atmósfera asfixiante; se nos presentan puertas inalcanzables como el aire que nos falta. Por otra parte, Roberto Iniesta plantea en su novela “El viaje intimo de la locura” el despojarnos de las ilusiones de pasado y futuro, adentrarnos en el presente como único camino y disfrutar del ahora sin preocupaciones, o como dice él, pre-ocupaciones.
Como mis antiguos canarios, que solo sabían cantarle a la mañana, llenos de melodías que impregnaban la casa; como mis perros, llenos de ladridos y de saltos, moviendo la cola por detalles tan pequeños; como mis cacatúas que, al ver las semillas de girasol aleteaban. Tal como todos los animales que he conocido, sometidos a un entorno que involucra condiciones, jaulas, horarios, amos, reglas, etc, pero que no se corrompen, no dejan de ser, no sacrifican su felicidad.
Es imprescindible sobre dar prioridad a situaciones, poder diferenciar entre las calamidades cotidianas y las cargas innecesarias, olvidarse un poco del pasado y del futuro.
Russell Bertrand
Recuerdo en los días de mi niñez a cada uno de los animales que nos acompañaron —a mi familia y a mí— con un gran cariño y nostalgia. En ese entonces era poco lo que podía preguntarme sobre ellos y sólo me limitaba a disfrutar de su presencia; ahora, lo primero en que pienso es en sus capacidades para vivir sin cargas, en sus movimientos inocentes, sus acciones espontaneas y su pureza ante el entorno.
El ser humano es todo lo contrario. El hombre lleva en su espalda la carga de su propia existencia, la mistificación generada por los espejismos del ayer y el mañana. La felicidad es algo tan sencillo que le es casi imposible obtener a un ser tan complejo como lo es el hombre. Él no puede hallarla tan fácil, y de hacerlo, en la mayoría de los casos, termina por perderla al poco tiempo.
El capitalismo en el que se sumerge nuestra sociedad nos despoja, cada vez más, y de formas rápidas, de la sencillez de la vida. Basta con mirar el rostro cansado de cada una de las personas que nos rodea para ver las secuelas que han dejado el ritmo de la vida diaria. Un trajín que podría atenuarse un poco si redefiniéramos la palabra “necesario”.
En la actualidad, un nombre nace para estudiar, trabajar, procrear, producir y mantener lo que ha logrado a lo largo de su vida. El placer y la libertad se han ligado a la capacidad monetaria que se tenga al alcance; el no tener una economía fuerte es sinónimo de vulnerabilidad, esto repercute en la ilusión del futuro creando cargas pesadas que asfixian. En un acto que empieza instalándose desde el nacimiento, por medio de la sociedad, hasta ejecutarse cíclicamente.
Al crecer pude observar miles de cosas que se iban adhiriendo conforme mi entorno lo exigía, se puso en la balanza la obligación y el deseo como dos caminos que debían transitarse simultáneamente con total equilibrio. En algunos momentos, quise volverme pájaro y no pensar en el estudio, trabajo, familia, sociedad, el consumo, etc. Poder llevar una vida tranquila, disfrutando de la naturaleza del existir.
Estanislao Zuleta plantea que, uno de los problemas de la dificultad es el desear de forma equivoca, llevándonos a la frustración por no alcanzar nuestro anhelos, “la felicidad”. Problema que nace del agobio desproporcionado, de la atmósfera asfixiante; se nos presentan puertas inalcanzables como el aire que nos falta. Por otra parte, Roberto Iniesta plantea en su novela “El viaje intimo de la locura” el despojarnos de las ilusiones de pasado y futuro, adentrarnos en el presente como único camino y disfrutar del ahora sin preocupaciones, o como dice él, pre-ocupaciones.
Como mis antiguos canarios, que solo sabían cantarle a la mañana, llenos de melodías que impregnaban la casa; como mis perros, llenos de ladridos y de saltos, moviendo la cola por detalles tan pequeños; como mis cacatúas que, al ver las semillas de girasol aleteaban. Tal como todos los animales que he conocido, sometidos a un entorno que involucra condiciones, jaulas, horarios, amos, reglas, etc, pero que no se corrompen, no dejan de ser, no sacrifican su felicidad.
Es imprescindible sobre dar prioridad a situaciones, poder diferenciar entre las calamidades cotidianas y las cargas innecesarias, olvidarse un poco del pasado y del futuro.
Comentarios